El filósofo Aristóteles dijo una vez: «Es señal de una mente educada ser capaz de considerar un pensamiento sin aceptarlo». Para mí, estas palabras fomentan el estudio y el aprendizaje de cómo pensar de manera analítica e independiente. Cada persona posee la capacidad, otorgada por Dios, de formarse sus propias valoraciones y opiniones sobre lo que ocurre a su alrededor. Los niños podrían ser la excepción, ya que necesitan la guía de sus padres y maestros; sin embargo, una vez que alcanzan los 10 o 12 años de edad, se les alienta a desarrollar sus habilidades de pensamiento crítico. Deben evaluar la información que reciben y determinar cómo la aplicarán.
Por lo general, la mente se vincula con el cerebro, pero no son la misma cosa. Un video que me ayudó a comprender mejor este concepto presentaba una comparación entre el cerebro y la mente, asemejándolos a un sistema informático. El cerebro se consideraba el *hardware*, dado que es un órgano físico —al igual que una computadora con todas sus piezas—. La mente, por su parte, se veía como el *software*, el cual programa al cerebro y sus respuestas. Al igual que un sistema operativo, la mente procesa la información proveniente de nuestros sentidos y «recopila, almacena y gestiona los datos». Dado que no soy académica ni neuróloga, agradecí esta comparación.
La forma en que comprendemos nuestro cerebro y utilizamos nuestra mente proviene de nuestras experiencias vitales. Si sufrimos un trauma físico que lesiona el cerebro, esto puede alterar drásticamente nuestro funcionamiento físico e influir en nuestro comportamiento. Esto incluye el impacto que el trauma ejerce sobre nuestra salud mental y la manera en que percibimos las cosas tras un accidente, una lesión o cualquier otro acontecimiento que altere el curso de nuestra vida. La negligencia, el abuso, la traición, la explotación y el robo son algunos de los factores que repercuten negativamente en el estado mental de una persona. Tales experiencias transforman su perspectiva de la vida y determinan su conducta futura, ya sea para bien o para mal. Científicos, médicos, psiquiatras, psicólogos, trabajadores sociales, educadores, filósofos y pastores: todos ellos comparten un interés común por comprender la mente y su funcionamiento. La mente y la salud mental deben constituir una prioridad a la hora de promover el bienestar de cada individuo en nuestra sociedad, con la misma relevancia que cualquier otro aspecto de la atención sanitaria.
En mi calidad de profesional religioso en el ámbito hospitalario, a menudo se me remiten pacientes que necesitan procesar los complejos sentimientos que experimentan tras recibir un nuevo diagnóstico o una mala noticia, al lidiar con una enfermedad crónica, o a raíz de un malentendido con el personal médico o un conflicto con sus familiares. Mi labor consiste en escuchar, aclarar lo que han comprendido y brindarles asistencia de cualquier modo que les resulte útil y que se ajuste a mi ámbito de competencia profesional. Si desean que rece con ellos, que les ofrezca ejemplos basados en las escrituras o simplemente que los escuche mientras ponen en orden sus pensamientos, eso es precisamente lo que hago. Si, por el contrario, solicitan algo que queda fuera de mi especialidad profesional, procedo a realizar la derivación pertinente.
Nuestras mentes son complejas e intangibles. Constituyen la esencia de nuestras personalidades y, según algunos, de nuestras almas. Otro término empleado es «psique», vocablo griego que significa «alma». De ahí que una conexión espiritual con lo Sagrado resulte fundamental para orientar la toma de decisiones ético-morales y para comprender nuestro papel en el mundo. No es casualidad que los programas de recuperación establezcan la confianza en un Poder Superior como el primer paso para superar una adicción. Quienes padecen una adicción terminan por reconocer su impotencia para reformarse por sí mismos y buscan ayuda fuera de su propio ser. A partir de ese momento, las personas en proceso de recuperación se brindan apoyo mutuo en sus luchas y reflexionan sobre el modo en que se relacionarán con los demás en el futuro. Diversos textos sagrados nos exhortan a mantener la fe, a amar a Dios con todo nuestro «corazón, alma, mente y fuerzas, y a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos» (Marcos 12:30-31). El profeta Isaías brinda su respaldo a la persona de mentalidad piadosa, garantizándole la paz interior que halla en su relación con su Creador y Sustentador mientras transita por la tierra con integridad (Isaías 26:3).
Resulta crucial preservar la salud de nuestro cerebro y de nuestra mente mediante hábitos saludables, tales como una alimentación nutritiva, un sueño reparador y la abstención de sustancias o situaciones tóxicas. Recientemente, un neurocientífico escribió para CNBC acerca de las estrategias que emplea para mantener su cerebro fuerte y sano; su testimonio corrobora las tendencias actuales en torno a la relación entre la tecnología y la salud mental. El movimiento actual —que aboga por limitar el desplazamiento excesivo (*scrolling*) en las redes sociales en favor de una mayor interacción personal— constituye un primer paso hacia el cultivo de una mente sana. Las recientes sentencias judiciales dictadas contra empresas de medios de comunicación —en casos donde niños y jóvenes fallecieron por suicidio o desarrollaron una dependencia excesiva de sus teléfonos— deberían servir como señal de alarma ante el uso desmedido de la tecnología. Otro fenómeno inquietante lo representan los sitios web y blogs que promueven creencias extremistas y radicales: ideas racistas, misóginas, nocivas y, por lo general, falsas acerca de aquellas personas que, por ser diferentes o vulnerables, forman parte de nuestra sociedad. Estas creencias erróneas se traducen en actos de violencia atroces perpetrados contra mujeres, niños, minorías y otros grupos religiosos. Lamentablemente, nuestra constante exposición a la tecnología —propiciada por un ciclo informativo ininterrumpido de 24 horas— nos está insensibilizando ante los horrores de una violencia perpetua y ante un torrente incesante de falsedades. ¿Cómo podemos apartarnos de esta patología y optar, en cambio, por florecer?
Todas las personas merecen la oportunidad de vivir en un entorno más humano y natural (disfrutando del aire libre a través del deporte y la recreación, adoptando un nuevo pasatiempo o una actividad intelectual, y aprendiendo a interactuar socialmente cuando no hay tecnología disponible). Nuestros cuerpos y mentes pueden ser reprogramados para buscar aquello que nos da vida y es saludable para nosotros. Podemos volver a comprender y preservar el medio ambiente, retomar el activismo que nos unía en el pasado y devolver la justicia y la equidad a nuestra sociedad. Debemos conectar con lo bueno y lo justo de nuestro mundo, en medio de la desigualdad, la guerra, la codicia y la violencia que tan presentes están a nuestro alrededor. Nuestras mentes más brillantes pueden analizar los problemas y crear soluciones si reconocemos su valor y les brindamos nuestro apoyo; no solo los científicos, académicos y líderes gubernamentales, sino también los niños y jóvenes de todo el mundo, quienes merecen esperanza y un futuro. Mi oración es que utilicemos nuestras mentes para sus fines más elevados: buscar la belleza, la justicia, la claridad y la sabiduría para el mundo. Creo que nuestro Dios no nos ha dado un espíritu que conduzca al miedo y a la intimidación, sino un espíritu de amor, autonomía y una mente sana y equilibrada. (2 Timoteo 1:7)


